Imagine que está usted viendo un pacífico concierto de thrashmetal en cualquier espacio capitalino de una provincia cualquiera. De repronto entran unos señores con placa identificándose como inspectores de trabajo y mandan a parar, como el comandante de Carlos Puebla, pidiendo los papeles. El susto es un drama, a los miembros de la banda se les cae el pelo, el propietario del garito se desmaya. No hay permisos, no hay licencias, no hay contratos ni acuerdos salariales. Es el fin. Se acabó la diversión.