Diablo III

Formato: PC (Windows) / MAC OS X (versión comentada: MAC OS X) Editorial: Blizzard Entertainment Precio: 51,95 € (variable según tienda)

Doce años ha habido que esperar (once, si contamos la aparición de la expansión Lord of Destruction) para que Blizzard saque al mercado la continuación de una de sus franquicias más rentables: Diablo. La saga que enganchó a millones de jugadores en un frenesí de cliqueos de ratón tiene desde la pasada primavera una tercera parte en la que continúa una historia que comenzó a mediados de los noventa.

Lo primero que hay que advertir es que lo de ”historia” es casi un eufemismo pues la saga Diablo nunca se ha caracterizado por tener una trama particularmente desarrollada, lo que ha hecho que algunos medios y jugadores un tanto maliciosos se hayan referido a ella como “una versión de Gauntlet con pretensiones”. Lo segundo que hay que reseñar es el hecho de que los responsables del videojuego han hecho buena la letra del tango según la cual “veinte años no son nada”, ya que si bien aquí solo han pasado tres quintas partes de ese tiempo, doce años constituyen en el campo del software de entretenimiento un período sumamente largo. Sin embargo, desde el punto de vista técnico no queda para nada patente una mejora entre lo que aportaba Diablo II y lo que encontramos en Diablo III. Los gráficos son mejores (¡solo faltaría!) pero no puede hablarse en ningún momento de un salto cualitativo equivalente al tiempo empleado en desarrollar el videojuego en cuestión. Si pasamos luego al ámbito sonoro el jugador con un oído más o menos decente identificará que los programadores han empleado la misma biblioteca de sonidos que ya se empleara en las anteriores entregas de la saga. ¿Ahorro, nostalgia o herramienta de identificación? La respuesta carece de importancia aunque hay que reconocer que la labor de doblaje realizada para la edición española está bien ejecutada, pudiendo escucharse el trabajo de veteranos como el gran José “Pepe” Carabias o Antonio Esquivias (célebre por estos barrios al poner la voz en castellano a Kelsey Grammer, el insufrible doctor Frasier Crane).

Entrando en el apartado de novedades hay que destacar que Blizzard ha llevado a cabo una renovación parcial de las categorías de personaje por las que podemos optar. Así, tenemos nuevamente al bárbaro y al mago, pero a ello se suman el médico brujo (en lugar del nigromante), al monje (un luchador cuerpo a cuerpo inspirado en la práctica de las artes marciales) y al cazador de demonios (heredero del pícaro, la amazona y la asesina). Otra adición interesante viene dada por la posibilidad de escoger el género de nuestro personaje, pues ya no viene predeterminado por la categoría del mismo. La elección, como siempre, marcará la forma en la que debemos enfrentarnos a las distintas misiones y el desarrollo de nuestros personajes. Así, en tanto que el bárbaro y el monje son buenos para el ataque directo, el mago y el brujo trabajan mejor en las distancias, constituyendo el cazador de demonios la categoría más equilibrada. Se detectan también sutiles variaciones en cuando al capítulo dedicado al “maná” y a las habilidades relacionadas con el mismo. Ya no podemos emplearlas con la alegría con la que lo hacíamos en la entrega anterior, aunque a cambio cada categoría de personaje cuente con una interesante panoplia de aptitudes para dar el consabido matarile a las hordas de enemigos que con singulares denominaciones nos asaltarán constantemente.

La historia se desarrolla por medio de actos o capítulos que, grosso modo, repiten la estructura de la entrega anterior en cuanto a escenarios. Así, empezamos en Nueva Tristán, una ciudad fundada no lejos de la antigua Tristán que tantas “alegrías” prodigara a los jugadores en el pasado. Luego recorreremos parajes desérticos y montañas nevadas mientras intentamos averiguar cuáles son los planes de los nuevos señores demoníacos que aspiran a liberar a sus hermanos caídos en las entregas precedentes y a terminar la obra de destrucción iniciada por ellos.

La mecánica del juego es prácticamente idéntica a la de la entrega anterior, de modo y manera que quienes disfrutaran de la misma (y de su expansión) lo pasarán bien, en tanto que quienes no estuvieran por la labor y se acabaran cansando de tanto “mata-click” no deben esperar otra cosa de esta nueva entrega. En el plano negativo hay que mencionar la implantación de un sistema de control antipiratería indirecto según el cual hay que estar necesariamente conectado para poder jugar, así como el clásico defecto de todos los títulos de Blizzard, que necesitan siempre de un par de “parches” para resolver los defectos que aquejan a las primeras ediciones de sus títulos.

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