La música en directo no importa

Si alguna vez organizo un festival en Tenerife, primero invito, en horario de tarde, a todos los asistentes a una chuletada al monte, para que se encuentren, saluden y hablen de sus cosas. Luego, ya por la noche, llegará el turno de la música. El público, saciadas sus ansias de relación social, no tendrá otra opción que escuchar. Esta reflexión la hago después del superpalicazo colectivo del último OCA, palicazo al que contribuí. Lógico. Hay personas y amigos que solo te encuentras de festival en festival. Incluso hay conocidos de festivales, gente que conoces porque coincides con ellos de concierto en actuación. Pero el palicazo quiere decir algo más, porque para hablar también hay tiempo entre grupo y grupo, o fuera del recinto si la banda que suena no te entusiasma. El palicazo quiere decir que la música en directo nos importa dos pimientos, lo que nos va es quedar para echarnos unas risas con amigos con un sonidillo de fondo que se mueva cercano a nuestros gustos. Por eso sucede que, después de ciertas actuaciones, le preguntas a alguien por su opinión y te menciona una serie de vaguedades. Nada concreto. Una cuchufleta en el aire. En esta tesitura, soltar lágrimas por los cierres de varios locales dedicados a la música en directo es casi una hipocresía. Porque cuando voy a un concierto me llama la atención que la niñatada se centre más en hacer el tonto y en dar la nota que en estar atenta a lo que ocurre. Sí, como público soy de lo más inerte y silencioso, me parece una estupidez ir a un concierto a cantar (para eso, ya tienes el Singstar) y la gente que se centra más en bailar que en atender al escenario me parece que pierde el tiempo y solo quiere llamar la atención. El público tinerfeño es un desastre maleducado, parlanchín y gritón. Son ya muchos conciertos viendo esta falta de respeto. El gusto no es excusa, si no te va el concierto, márchate o quédate en casa. JOB LEDESMA