Seamos perezosos en todo.
excepto en amar y en beber,
excepto en ser perezosos.
LESSING
"Si la clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la
domina y que envilece su naturaleza, se levantara con toda su fuerza, no para
reclamar los Derechos del Hombre (que no son más que los derechos de
la explotación capitalista), no para reclamar el Derecho al Trabajo (que
no es más que el derecho a la miseria), sino para forjar una ley de bronce
que prohibiera a todos los hombres trabajar más de tres horas por día,
la Tierra, la vieja Tierra, estremecida de alegría, sentiría brincar
en ella un nuevo universo... ¿Pero cómo pedir a un proletariado
corrompido por la moral capitalista que tome una resolución viril?
Como Cristo, doliente personificación de la esclavitud antigua, los hombres,
las mujeres y los niños del Proletariado suben penosamente desde hace
siglos por el duro calvario del dolor; desde hace siglos el trabajo forzado
destroza sus huesos, mortifica sus carnes, atormenta sus músculos; desde
hace siglos el hambre retuerce sus entrañas y alucina sus cerebros...¡Oh,
pereza, apiádate de nuestra larga miseria! ¡Oh, Pereza, madre de
las artes y de las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias
humanas!"
Quién así se manifestaba en 1880 era un cubano llamado Paul Lafargue,
teórico socialista, uno de los fundadores del partido obrero francés
en 1879 y muy vinculado a los orígenes del socialismo en España.
Amigo y colaborador de Engels y Marx, se casaría con la hija menor de
este último y con ella se suicidaría para "evitar los avatares
de la vejez"
Desvinculado ideológicamente de su suegro y para joderle un poco, publica
su célebre panfleto "El derecho a la pereza" en el que hace
responsable al trabajo de toda degeneración intelectual, de toda deformación
orgánica. Considera al trabajo como una extraña pasión
que invade a las clases obreras de los países donde reina la civilización
capitalista; una pasión que en la sociedad moderna tiene por consecuencia
las miserias individuales y sociales que desde hace siglos torturan a la triste
Humanidad. En vez de reaccionar contra esta aberración mental, hombres
ciegos y de limitada inteligencia han sacrosantificado al trabajo, convirtiéndolo
en la peor de las servidumbres humanas.
Por Gonzalo Vadecraneo (escritor y perezoso)