Concierto de Celtas Cortos 17/10/09, Carpa Dorada en Vivo (LL) Crónica de Vector Álvarez Foto: Jesús Bilbao
Recularon hace unos años los Celtas Cortos en aquella extraña maniobra que supuso el prescindir de Cifuentes como hombre de referencia: ni este, con su experimento Cifu y la Calaña, ni los propios Celtas salieron muy airosos del trago; y terminaron por volver -salvo por la reciente salida de Carlos Soto, otro de los originales- a la formación clásica con un disco que así lo hacía notar, con un título en relación a uno de los momentos cumbres de su historia: ‘40 de abril’.
Y era la primera vez que los volvíamos a ver por estas tierras tras este divorcio fallido, debe de ser el único, y quizás por eso mismo el concepto del paso del tiempo estuvo más que nunca presente. Cómo explicarlo, para nada es desgaste lo que se aprecia: su extenso repertorio -todas las clásicas menos ‘Cuéntame un Cuento’, y varias del nuevo trabajo-, sus varios medleys, sus numeritos y entrega en el escenario... los Celtas tienen cuerda para rato. Lo que pasa es que cuando les llega al turno a las canciones tristes -ya se sabe, la melancolía norteña que ataca cuando uno menos se lo espera-, y empiezan con esas cosas de que si los que quedan han cambiado -ellos, los primeros, que ahora van con pantalones piratas- o de que sin arrugas en la frente -falso de nuevo-, pues a uno le parece como si hubieran sido visionarios, porque además da la casualidad que son canciones de las más antiguas. A riesgo de sucumbir a la cursilería, se podría hasta decir que esas canciones habían esperado todos estos años para legimitarse tanto en el set de los Celtas, como ante un público también acorde a la nostalgia treintañera, y que a la postre obtuvo lo deseado: disfrutar de un enérgico y saltarín concierto, volver a escuchar esta proeza sonora (todavía parece un milagro que tanto instrumento al unísono se distinga tan bien) que hace que los Celtas tengan su sonido.



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